sábado, 22 de mayo de 2010

SER MASÓN CUESTA

Un querido y muy sabio Hermano masón,  José Cerón, citaba frecuentemente la frase de que “las mejores cosas de la vida son gratis”. Si diésemos total crédito a la cita precedente, entonces llegaríamos a la triste conclusión de que la Masonería no puede encontrarse entre las mejores cosas de la Vida, pues en éste planeta Tierra todo, absolutamente todo, cuesta dinero, marmaja que en estos tiempos de recesión y crisis económica, cada vez es más difícil de tener en el bolsillo. Muchos masones y también muchísimos más no masones sufren lo indecible por no tener ni un quinto en sus faltriqueras con el cual poder sufragarse ciertos caprichos y deseos del ego y del apego, porque finalmente lo que cuesta es objeto de enaltecimiento del egocentrismo propio de cada uno de nosotros. Pero vamos, si me fuese por las ramas hacia cuestiones profanas, la verdad es que no alcanzaría ni este ni futuros artículos para enlistar todas las cosas de valor y también todos los objetos sin valor que nos cuestan, a veces lo que valen y a veces, lo que no valen.


Por ello encaminémonos a darle la razón a nuestros Tesoreros de todas las Logias, el de la Sociedad Civil que nos representa y el Gran Tesorero que engrosan el martirologio masónico de los incomprendidos; y a los Hospitalarios que hacen silencioso berrinche cada vez que el Saco de Beneficencia se colma de la siempre útil y necesaria, pero despreciada “morralla” y carece de papel moneda que engrose el erario altruista de los Talleres. Démosles la razón porque, a final de cuentas, son los masones más vilipendiados e ignorados de todos los puestos, pues el del Tesorero es un cargo bastante ingrato que obtiene más desprecios y sinsabores que cualquiera de los otros. Démosles la razón porque, ¡oh, triste realidad que nos acongoja el pecho! la Masonería cuesta y cuesta bastante.

De entrada, se nos cobra por ser iniciados. Afortunadamente, se ha dejado atrás el recurso de las ceremonias de Iniciación de tipo novatada juvenil, pues nos resultaría absurdo que después de pasar las de Caín todavía nos cobraran por eso. Por ello la Iniciación, en efecto, vale lo que cuesta. E incluso vale más. Tal vez por lo mismo se le solicita al postulante que, al mismo tenor con que abre su billetera para pagar sus capitaciones al Tesorero, haga lo propio obsequiándonos con un ágape fraternal que dependerá, por supuesto, de la opinión que el susodicho futuro Hermano tenga acerca de la Orden, creyendo, las más de las veces, que va a encontrar un ejército de personas en su histórica ceremonia, cuando a veces sólo llegan los siete de rigor, poco más o menos; y en dicha creencia, el pobre hombre trae viandas o comestibles que sobrarían para los más necesitados si no fuese por el voraz espíritu de marabunta de todos nosotros. Y como llega asimismo a la certeza de que se encuentra tocando en el umbral de los hombres puros, castos y virtuosos, ni se molesta en adquirir la requerida ambrosía, licor o bebida espirituosa, como no sea un vino tinto chileno, californiano o italiano para el brindis. Pero no habrá de qué preocuparse, pues se le corregirá en lo sucesivo, con mayor rapidez que en lo que entiende el concepto de “Cadena de la Unión”.

A ello deberán de añadirse las cuotas mensuales, que dependerán de infinidad de circunstancias, pues nos debe quedar claro que de acuerdo al sapo es la pedrada, dado que no es lo mismo la mensualidad que se paga en un lugar con mayor poder adquisitivo, como Puebla, Monterrey o Guadalajara, que el mantenimiento de una logia en (con el debido respeto) Ciudad Lerdo, Ozuluama o Naranjos. Y como las logias suelen conformarse a la larga de personas jubiladas (y ya sabemos la situación de desprotección de los mismos), se debe entender que en las Grandes Asambleas defiendan el aumento de cuotas, aunque fueren de un peso, con el mismo enardecimiento delirante con que nuestro ex presidente Jolopo lo hizo en 1982. Por regla general, dichas cuotas van a parar a dos entidades: la Gran Logia y la Asociación Civil (que suele conformarse para representar con discresión a la o las logias masónicas de una localidad y cuyo fin es el de la administración del edificio). Estas cuotas mensuales, lejos de generar protestas, muy por el contrario, deberían contar con el frenesí positivo de los Hermanos, toda vez que las mismas sirven para el mantenimiento de la institución. Y no hay que olvidar que estamos en una institución, precisamente y de forma voluntaria y si no se nos aclaró antes de ingresar a dónde iban a parar las cuotas mensuales y en cuánto consistían, ello no exime del cumplimiento de su pago. Es entendible –mas no justificable- que recurramos al clásico y tradicional regateo para la observancia de nuestras pecuniarias aportaciones. Lo cual me parece, en lo personal, una insensatez ésta fórmula heredada de la feliz mezcla del servilismo indígena y del barroquismo español, pues si bien regateamos con la “marchanta” del mercado a quien le costó sudor y lágrimas llevar su producto a vender desde la sierra, no hacemos lo mismo con el dependiente de Oxxo, a quien por supuesto, no le costó nada.

De igual manera, me parece un disparate incumplir con unos pagos que deben de ser voluntarios en una institución donde potestativamente ingresamos para sacar el mayor provecho interno de la misma. Y volvemos a la frase de Pepe Cerón: “las mejores cosas de la vida son gratis”. Sí, pero si hay que pagar doscientos pesos por unas diez o trece horas mensuales por abrevar lo mejor (y también lo peor, que de todo hay en la viña del Señor) de un grupo de mentes abiertas, libres y esclarecidas con las cuales también convivimos sanamente –o no- y nuestros puntos de vista son escuchados con mayor atención que si los dijésemos en una dominical reunión familiar, pues bien gastados sean; y a la larga aprendemos más y mejor que si tuviésemos que financiarnos por asistir a una conferencia de Erik Guerrero Rosas, de Pedro Ferriz de Con o de Giovanni Sartori. Claro que también hacemos ocasionalmente nuestros entripados por equis o ye Hermano y sus actitudes execrables, pero ello es pecatta minuta en comparación con lo positivo que extraemos. Sólo nos queda desechar lo malo, lo impuro.

Por supuesto que las cosas no se detienen aquí. Bien fuera que nada más nos cobrasen una cuota única por ingreso y mensualidad, como si estuviéramos en una preparatoria. Pero no es así. A lo largo de, digamos un año, habrá que estar preparados para otros gastos extras que van emergiendo con su cabeza malhechora y sablista: que el acto cívico de tal héroe nacional, hay que ir y además, cooperar para la corona funeraria; que si vamos a visitar a la Logia Fulana en otra ciudad: hay que poner el carro, la gasolina y las casetas; que no le alcanza el dinero a la Sociedad Civil, pues habrá que hacer una "cooperacha"; que hay que hacer la página web de la Logia; que ya se acerca el tradicional banquete solsticial y hay que comprar boleto vayas o no vayas, que el anaquel de la logia se ha vuelto unidad habitacional de las polillas, hay que adquirir uno nuevo y en fin, una serie de sorpresivos y no tan sorpresivos escenarios que surgen y crecen como la verdolaga, como dirían nuestras abuelas, atiborrando a los Hermanos de una y mil formas de extracción monetaria a las cuales debemos estar preparados.

De más está el decir que en múltiples ocasiones, habiendo faltante de capital monetario, en lugar de recurrir a la habitual cuota extraordinaria, se procede a meter mano al Saco de Beneficencia, olvidando que el nombre precisamente no lo tiene por mero capricho extravagante, sino para que sea destinado a la utilidad para el que fue creado, esto es, la asistencia social, preferentemente de los Hermanos Masones y de sus familias y, después, de instituciones o personas Profanas que requieran de nuestro auxilio. No obstante, como señalé más arriba, el Saco es malamente utilizado para despojarnos del excedente en níquel que andamos cargando en nuestros bolsillos, no importando que hayamos arrojado monedas de la denominación más baja y absurda que a nuestra nacional ceca se le ocurrió hacer, ni importando que quizás el Hermano en desgracia realmente no tenga otra forma de hacerse del pan para su mesa, ni importando que el Venerable Maestro pronunció el adjetivo “reforzado”, entendiéndolo en nuestro tóxico efluvio mental como “--además de los cinco pesos que siempre das-- échale el tostón o el veintito que se oculta en los confines del pantalón”. No, mis Hermanos, se infiere que el Saco de Beneficencia es sagrado y debe de obtener lo mejor de nosotros. Quizás nos quedemos sin cigarros una noche, pero el necesitado tendrá para desayunar; quizás nos tengamos que ir caminando hasta la casa, pero el Hermano en desgracia vivirá agradecido de que hayamos podido ayudarle. Tengamos eso en mente la próxima vez que alguien diga “tomemos prestado del Saco”. El Saco de Beneficencia es un buen apoyo, pero un mal cobrador, pues jamás volverá a ver lo que extrajimos del mismo.

Claro está que tras la feliz apoteosis iniciática, seguirán los excesivos gastos (o inversiones si se prefiere) para tener un ajuar completo del masón perfecto: libros, arreos, maletas, lapiceros, llaveros, anillos, corbatas, guantes, medallas y un sinfín de artículos que complementan la indumentaria del Hermano Masón. Por supuesto, lo primero son los libros: Terrones Benítez, Lavagnini, Guénon, Blavatski, Ragon, Umbert Santos, Wirth y Adoum son infaltables en nuestra biblioteca, aunque no les entendamos ni un rábano y tengamos que recurrir a la internet para complementarlos, o de plano empezar a hacer nuestra hemeroteca de “Año Cero”, “Enigmas” y “Más Allá” que vienen desde España. Por supuesto que no deben de faltar nuestros arreos del grado que ostentemos, ya sea que los compremos hechos o los mandemos hacer de acuerdo a nuestro muy particular gusto, medidas y entendimiento. Los Ex Venerables (llamados pomposa e hiperbólicamente "Pást Masters") querrán su medalla que grite a los cuatro vientos su calidad de tales y sus arreos propios del mismo. Los anillos son infaltables para quienes les encante hacer ostentación de sus manos o bien, que deseen ocultar su argolla de matrimonio en una maraña selvática de plata, oro, diamantes y circonios. Extasiados por la aceptación al grupo, habrá quien adquiera un retrato, busto o imagen de Benito Juárez y la coloque en su escritorio; o bien, una Escuadra y Compás con la G en medio en su despacho para que los propios y extraños se den cuenta con qué clase de gente se está tratando. Los llaveros, pins, carpetas o maletas y lapiceros los podemos adquirir en los Congresos Masónicos Estatales o Nacionales, que también cuestan, por cierto.

Vendrán también, axiomáticamente, nuevos gastos en las ceremonias de Ascenso y Exaltación que en términos generales, más o menos cuestan lo mismo que la de Iniciación y que no comentaré por lo mismo. Además, no es del grado. ¡Ah! Tampoco deben de faltar los viajes a las Grandes Tenidas para quienes tengan asiento y ganas de ir cada tres meses… y dinero para hacerlo. Por supuesto, también habría que tomar en cuenta los gastos si se quiere ingresar a los Grados Superiores, que son harina de otro costal y un poco más moderados que en el Simbolismo.

¿Valen la pena todos estos gastos –o inversiones si se prefiere? Eso dependerá de cada uno de los masones, sus experiencias, sus vivencias, lo que ha extraído y lo que ha aportado a la Masonería y si desea seguir haciéndolo. Hay tres caminos: afirmar que sí, que vale la pena todo lo que se invierte; que no, no vale ni la pena ni el bolsillo y ahí muere la bronca. O tres: darle la razón a José Cerón en que sí, las mejores cosas de la vida son gratis.

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