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viernes, 30 de julio de 2010

LA INUTILIDAD DE LA MASONERÍA

“El arte es inútil, pero el hombre es incapaz de prescindir de lo inútil”
-Eugene Ionesco.


La vida, a veces, nos parece escasa de sentido. Estamos demasiado acostumbrados al trabajo, al estudio, a la vida en familia. Poco tiempo lo dedicamos a nosotros mismos, hasta que se nos abre el Camino de la Masonería y es entonces cuando tomamos la determinación de asumirlo o de negarlo. Quienes estamos en una logia masónica es porque aceptamos seguir ese Camino, el Camino de la Masonería, pese a su inutilidad.
La vida nos parece escasa de sentido porque el sentido nace del equilibrio entre lo útil y lo inútil. Cuando no estamos creando, nos sentimos inútiles. Cuando no estamos adquiriendo conocimientos, nos sentimos inútiles. Si creamos, nos sentimos útiles. Si aprendemos, nos sentimos útiles. En la Masonería no creamos, a veces sólo estamos estáticos, a la expectativa. La Masonería es nuestro opuesto vital. Es opuesto porque rompe, quiebra la normalidad, nuestra cotidianeidad. Olvidamos con frecuencia que lo opuesto es necesario, porque es atractivo. La Masonería, por muchas razones, es atractiva. Siempre lo ha sido. Y cuando negamos lo opuesto, surgen complicaciones.

Negamos lo inútil porque nos parece superfluo. Nos da más satisfacción el trabajar, nos da más deleite el crear, porque enaltece a nuestro ego. Entonces negamos lo que nos parece inútil. Y si negamos lo inútil, no habría utilidad en el mundo. Si negamos lo inútil, a la vez estaremos negando lo lúdico, lo divertido, lo que en verdad nos satisface. Pero estamos programados de antemano por una sociedad que asume y nos obliga a asumir que lo fácil es lo incorrecto y que todo lo que es difícil es la vía correcta.

No queremos creer que cuando hacemos algo inútil es cuando en verdad somos nosotros mismos, cuando aflora nuestro verdadero YO. Empleamos nuestro tiempo en cosas inútiles y es en ese preciso y precioso instante cuando en realidad somos. Los necios sólo saben darle a su tiempo un único uso: transformarlo en más y más dinero. Platicad con un necio: todo de lo que sabe hablar es de dinero, de cómo ganarlo, como ahorrarlo, como gastarlo. Y nos abrumará con consejos que apelan a que sigamos sus mismos pasos para hacer de nuestra vida un “éxito”, para hacerla útil.

Cuando el mundo se hace demasiado utilitario, creamos muchas cosas, poseemos muchas cosas, nos obsesionamos con ellas. Pero a la vez, perdemos lo interno, porque lo interno sólo puede florecer cuando no existen tensiones externas, cuando no se va a ninguna parte. Cuando nos distraemos, cuando dejamos de lado la careta del empleado, del jefe, del padre, del hijo, del profesionista; cuando dejamos de lado todo eso, somos en realidad nosotros mismos.

Hemos eliminado todas las actividades recreativas pensando que toda nuestra energía se debe volcar en el trabajo porque nos lo han enseñado. Nos han programado y re-programado para ello. “Haz algo útil” nos dicen. Y hacer algo útil es trabajar, escalar posiciones, realizar un curso, atesorar riquezas materiales, todo aquello que nos reporta beneficios materiales, pero que nos hace olvidarnos a nosotros mismos. Le dedicamos tanto tiempo a hacer lo útil, que nos olvidamos de lo inútil, de aquello que nos pone en contacto con nuestro YO.

La Inutilidad significa disfrutar de algo sin extraerle un beneficio de ello, sólo aprovechar el momento que se nos abre, ser como en realidad somos. Ese es el primer paso que hemos de dar. Somos Buscadores. Venimos a la logia a buscarnos a nosotros mismos sin hacer nada útil, sino algo verdaderamente inútil a ojos de Los Otros. Porque no comprenden. Se niegan a entenderlo. Los Otros creen que al hombre le basta trabajar, dormir, comer, cumplir como esposo, padre o hijo, y a veces divertirse sólo en el papel de espectador, nunca como ejecutor (ver televisión, ir al cine, asistir a algún evento cultural o deportivo). Nunca nos divertimos por nosotros mismos, dejamos siempre que alguien más nos divierta y creemos que así somos felices, que al reírnos de las gracias de otro estaremos satisfechos. La sociedad nos impone, incluso, las normas y los elementos para divertirnos y nos han condicionado para ejecutarlas. Lo peor es que creemos que ESO es fraternidad.

La Masonería es inútil porque no obtenemos dinero por hacerla, no sacamos ningún provecho utilitario. Sólo SOMOS en ella.

La Masonería es inútil porque en ella o a través de ella no creamos nada útil, física o materialmente hablando.

La Masonería es inútil porque la disfrutamos sin máscaras “aceptadas” por los demás.

La Masonería es inútil porque no nos otorga diploma alguno por nuestros conocimientos y que podamos anexar a nuestras hojas de vida o a las solicitudes de trabajo.

La Masonería es inútil porque no nos da un trabajo que nos reditúe en ganancias económicas.

La Masonería es inútil porque no nos obliga a nada. Ni al éxito ni al fracaso. No hay recompensas que nos exalten ni castigos que nos lastimen.

La Masonería es inútil. Y por eso mismo, es verdaderamente hermosa y sublime.

domingo, 4 de julio de 2010

EL FÚTBOL Y LA MASONERÍA

Durante los últimos días-semanas-horas, el Juego del Hombre, llamado Fútbol por ésta América Latina nuestra que reza a Jesucristo y habla en español, o soccer por los vecinos del Norte, o bien, Football, Fussball, Calcio etcétera, en otras latitudes allende los mares… el juego más popular del mundo, está otra vez de moda. En estos últimos tiempos, como cada cuatro años, el planeta entero (la mayor parte por lo menos) parece detenerse y sus habitantes voltear hacia ese país anfitrión –que hoy le tocó en turno a la sufrida Sudáfrica- para apreciar, en vivo o vía satelital, los pormenores del juego. Sesenta y cuatro partidos, desde la inauguración y hasta el encuentro final en el que saldrá el campeón por el siguiente cuatrienio, llaman la atención, ilusionan, hacen vibrar, gritar, olvidarnos por unos breves instantes que hay que pagar absurdos impuestos, que mataron a un candidato a balazos, que la violencia sigue en las calles, que las bolsas de valores mundiales siguen en picada, que Irán está siendo bloqueado por navíos israelíes y estadounidenses o que sigue temblando en el mundo o que apañaron espías rusos en Estados Unidos (como en el mejor de los escenarios macarthianos de los 1950’s). Nada, nada importa: el errado pase de Ricardo Osorio a un jugador argentino adquiere mayor importancia y es tema de café y de cantina más allá que la renuncia de Arely Gómez a la Fepade; las desventuras maradonianas frente a la escuadra teutona son más trascendentes que la sombría campaña de Dante Delgado en Veracruz; o la telenovela protagonizada por Domenech y el equipo de Francia adquiere mística atención generalizada antes que la declaración de “Tontos inútiles” de nuestro encumbrado ministro del interior.

Así las cosas, el fútbol ha adquirido tintes de suprema importancia en el planeta. Ya ni siquiera los llamados a la globalización o a detener el calentamiento global son de eminencia extrema. Primero vemos si Messi, Cristiano Ronaldo o David Villa logran lucirse… luego, ya nos preocuparemos por el oso panda, el koala o el tatu carreta, total: siempre podremos verlos en libros ilustrados o museos virtuales, ¿no?

No obstante, siempre será grato tomarnos un respiro ante tantas y tantas desventuras que protagonizan la vida en esta tercera roca desde el Sol. Siempre habremos de estar agradecidos que haya personas que prefieran decirnos que la vida sigue siendo bella y que al margen de las calamidades eternas, hay momentos de solaz y esparcimiento que merecen la pena ser vistos, porque aunque sean noventa minutos al día durante un mes, podemos olvidarnos que hay balas surcando los aires en ciudades mexicanas o un hato de políticos corruptos medio gobernando –y a veces no gobernando nada- nuestro país. Sí: la magia del fútbol reside en eso, en complacer a nuestro espíritu, servirnos de catarsis y hacernos vibrar al grito sonoro de un “¡Gol!” aunque este venga de un insulso encuentro entre Vanuatu y Liechtenstein.

Los masones también somos seres humanos. Sentimos, comemos, defecamos, dormimos y soñamos igual que cualquiera, ergo, también nos puede apasionar el fútbol, como cualquier otro deporte. En las logias no sólo se discute acerca de la cuadratura del círculo o del simbolismo del piso ajedrezado; no sólo se critica a algún personaje político o se presentan ensayos sobre la presencia del ejército en las calles, o acerca de la creciente fuerza de la ultraderecha… también se habla de temas banales, de tópicos superficiales… de fútbol, pues. Hace algunos años aposté con otros Hermanos masones a que Alemania le ganaba a Estados Unidos en los Cuartos de Final del Mundial Corea-Japón 2002… y gané. Y eso es lo que hace bella a la Masonería; que también los masones nos demos tiempo para el sano convivio como amigos: hablar de fútbol es mejor y menos trivial que hablar de las idioteces que tuitea Paulina Rubio, pero más que la política y la economía de la nación. De cualquier forma, nos podemos dar ese lujo en que dos o tres, o más Hermanos nos entendamos como seres humanos con virtudes y defectos, con preferencias hacia un equipo u otro, pero siempre entendiendo que se trata de un juego, de un deporte vistoso y nada más, y no un asunto de patriotismo extremo o de nacionalismo sobrevalorado.

Una anécdota para recordar: el pasado mundial de fútbol en Alemania 2006 tuvo el enfrentamiento en Octavos de Final de las selecciones de México y Argentina, precisamente el 24 de Junio, día en que los masones celebramos el Solsticio de Verano. El evento se llevó a cabo fuera de ritual interno, pero sí con la parte pública en que asisten las familias y fue organizado por la Logia Hermana “Urania” No. 10, en el salón de eventos propiedad de su entonces Venerable Maestro, quien amablemente puso una televisión para que viésemos el partido. En suerte me tocó en suerte ser el Maestro de Ceremonias que iba presentando los brindis. Por la tardía llegada de los asistentes, el evento, a instancias del Venerable, lo comencé presentando los brindis a partir del descanso, cuando ambas escuadras iban 1-1. Los primeros tres brindis transcurrieron durante la pausa de quince minutos… los siguientes cuatro durante el segundo tiempo. Y “con un ojo al gato y otro al garabato”, los poco menos de 100 asistentes a dicha Comida Solsticial hicimos caso omiso de los brindis (salvo uno que otro Hermano) y más caso a la televisión al fondo del pequeño pero confortable salón. Al término de la comida, ¿acaso creerán que alguien comentó “qué buen brindis del Hermano Fulano” o “Bien por el Hermano Zutano, fue muy elocuente” o “No me gustó la forma de dar el brindis del Hermano Perengano”? No, estimados lectores de éste blog: los comentarios eran “Qué golazo nos hizo el Maxi Rodríguez”, “Pinche LaVolpe, no debió sacar al Ramoncito Morales”, “La regó Oswaldo Sánchez, no sé porqué lo metieron”.

En resumen: ¡Disfrutemos el fútbol!

Pero tampoco exageremos…

domingo, 15 de noviembre de 2009

MASONERÍA Y POLÍTICA

He aquí que la Biblia señala que cuando Jesús de Nazareth envió a sus apóstoles “como ovejas en medio de lobos”, les hizo una postrer recomendación: “Sed prudentes como las serpientes e inocuos como las palomas” (Mat, 10:16). De igual manera y ya que tan bíblicos somos en ésta Masonería nuestra de cada día, habíamos de retomar algunos pasajes del libro más vendido del planeta (la Biblia, por supuesto; lo sentimos, J.K. Rowling) y rediseñar algunos fragmentos de la Liturgia de Aprendiz, para que a los nuevos no se les sorprenda con la realidad verdadera y sin ambages de la curiosamente llamada “Fraternidad”, refiriéndome, por supuesto, a las sabias palabras del mártir del Gólgota citadas arriba. Senda advertencia es ésta, que nos enseña a andar, dijéramos en México, “con pies de plomo” ante los avatares no solo de la vida en sí, sino de sus múltiples protagonistas, vengan de donde vengan y emerjan del orificio que gusten, inclusive de la Hermandad donde somos peritos de todo y remendadores de nada, pues no es lo mismo criticar que gobernar, y si no lo creen, recordemos a Boris Yelstin antes de ser Presidente de Rusia.

Y ya que andamos en éste andamiaje, cabría analizar acerca de la situación que guarda la política en el seno de los talleres, esa abuela desterrada de la Masonería, el familiar incómodo de la hermandad que tiene prohibido hablar de ella, lo mismo que de la religión, como dos ovejas negras expatriadas del seno familiar, pero que muy a pesar de todo, la primera sigue permeando a quienes pertenecen en la Masonería, esto es, a los masones. De la segunda (la religión) ya hablaremos en alguna otra ocasión.

Es en el contexto de la traicionera pero seductora política, donde los Hermanos de la Escuadra y el Compás debemos andar con los pies de plomo, o dicho de forma neotestamentaria, “ser prudentes como las serpientes e inocuos como las palomas”. Frase que tampoco especifica si el palomar y el serpentario son o deban ser tan variopintos como los motivos de ingresar en la cacareada “grilla”, pues si se aspira a ser cándido, la inocuidad puede variar si la paloma es zurita, tripolina, silvestre o torcuaz. O si la sierpe es astuta, habría que ver si vale lo mismo ser crótalo, lución, constrictora o la simbólica Anfisbena… mas no divaguemos y señalemos que la incursión de los masones a la política es un asunto con tintes de cualidad ciudadana. Lo que vendría a ser la prueba definitiva y definitoria de que los Hermanos Tres Puntos somos entes sociales, preocupados por el devenir histórico, social, ecológico, cultural y económico de la comunidad en la cual nos desenvolvemos y que, no habiendo un mejor modo –creemos— de generar un canje en lo profundo del entorno, a veces nos contentamos por crear un cambio gatopardista en el que cambiamos todo para que nada cambie, tal y como ocurriera en los comicios mexicanos del año 2000 cuando el Hombre de las Botas sacó al Partidazo hegemónico de Los Pinos para imponer otro que salió igual, o peor que el vilipendiado tricolor.

El peligro de ingresar en la política es el considerarla una actividad altruista, sencilla, simple, común y silvestre, tanto como meter mano en el tejado de nuestras casas pretendiendo impermeabilizarlo, sin saber siquiera ir a la ferretería a comprar la brocha. Y miren que el recubrimiento de la techumbre doméstica resulta ser fácil, no así el meterse a cuestiones de la política, que rara vez entendemos o que extrañamente hallamos sincera, leal, noble y honesta; por lo menos en este continente que reza a Jesucristo y habla en español, pues la mayoría de las veces nos topamos no con pared, sino con un verdadero muro de cientos de pulgadas de grosor en éste sentido, reconociendo, más tarde, que la actividad política es tramposa, deshonesta, desleal y olvidadiza. La política es una actividad que puede ser grande, esclarecida, linajuda, magnánima y preclara, puede llevar a la heroicidad –como ha hecho de cuando en cuando—a quienes la asumen como un compromiso desinteresado y les otorga un lugar en la historia local, nacional o mundial. Para desgracia de todos los que tenemos (o nos preciamos de tener) dos dedos de frente, ésta visión utópica de la Política se encuentra en lontananza. Después de decir estas palabras, no nieguen que surjan voces que apelen a mi falta de cordura, mi escasez de tacto o mi nulidad de experiencia y defiendan a capa y espada los beneficios de ser político y la obligatoriedad masónica de desarrollar dicha actividad (pues los masones debemos ser políticos, dicen los que pretenden ser duchos en el tema), aunque nos vaya la vida, la honra o la fama en ello. Nada más leyendo “La Jornada” a diario y “Proceso” cada semana, nadie se transforma en perito de la política, aunque se insista en ello con tozudez fanática. Nada más llevándonos con un líder de moda y asistiendo a mitines multitudinarios; nada más con tener buena oratoria y sacar su credencial de militante, nadie se vuelve ipso facto en político, digan lo que digan. Ni juntando todo esto. Y si no me creen, ahí tenemos al celebérrimo Rafael Acosta, “Juanito”, que por andarse metiendo a desfacer entuertos acabó en la picota. Pero este es un caso extremo de un hombre desarraigado, así que mejor concentrémonos en citar a otros famosos que pretenden encontrar el Hilo de Ariadna y llevar a los exilados a la Tierra Prometida… si es que se nos ocurre alguno que lo haya hecho…

Es de comprenderse que el masón se incline hacia la política, pues finalmente antes de ingresar a la Augusta Institución de los Misterios, por lo general, anduvo brincando de partido en partido o de asociación en asociación que le permitiese brillar en ésta –o en cualquiera otra— actividad, sin lograrlo muchas veces. Además, existe un maridaje histórico –y más bien diríamos amasiato, por aquello de que no está legalmente tipificado en los ancestrales y celebérrimos Landmarks— entre Masonería y Política, desde que los Hermanos Ingleses protoespeculativos de 1715, 1717 y años subsecuentes planearon otorgar legitimidad a Su Majestad Británica Jorge Luis de Brünswick y Wittelsbach, o Jorge I de Hannover, en contraposición con las aspiraciones del legítimo heredero a la Corona, Jacobo Francisco Eduardo Estuardo, “El Viejo Pretendiente” y crearon una sociedad pro-Hannover refundando a la ancestral Masonería, que ya estaba en las últimas, toda vez que los viejos masones “operativos” estaban cuasi extintos y la nobleza inglesa andaba buscando un partido político que no fuera partido, una institución ideológica que no estuviera comprometida con nadie y un sistema filosófico en que poco se filosofara en asuntos mundanos… y encontraron a la agónica Masonería.
El problema era que existían documentos antiguos en que se especificaba que los Masones debían ser leales al Rey, a Dios y a su Maestro, pero ninguna mención de agruparse para fines partidistas. Los Hermanos de la Rubia Albión dieron carpetazo al problema y poco más tarde señalarían que no cabían las discusiones sobre política en el seno de los Talleres. No hacía falta, pues cuando un grupo en conjunto se pone de acuerdo sobre a quién plegarse, se acaba la discusión. Eso fue lo que hicieron los masones Hannoverianos, haciendo de la política, la “hermana incómoda” sempiternamente de la Masonería y relegando a los estuardistas al ostracismo, como dijera dos siglos más tarde Luis Echeverría, tachándolos de “Emisarios del pasado”, solo que con un hiperbólico término mejor: “Irregulares”, así se exiliaron en Francia y en otros países a la espera de volver a ocupar el trono inglés, buscando apoyos, pizcando ayudas por aquí y por allá, hasta que en 1738 Su Santidad Clemente XII sacó su famosa bula “In eminenti apostolatvs specula”, con la que condenaba a la Masonería que andaba ya por toda Europa alebrestando el gallinero a favor de los Estuardo. Y como al Vaticano –razonó—no le convenía ni los unos ni los otros, y menos una institución que estaba politizando todo el continente sin pedir su venia, de paso condenó a ambas partes: los Hannoverianos y los Estuardistas. Asunto arreglado.

Fueron más listos los Hermanos que promovieron la Independencia de las Trece Colonias, y desde un principio llegaron a una especie de arreglo tras bambalinas para acomodar la emancipación del norte de América. Sirvió además que el Rey inglés Jorge III estaba un poco chiflado y le importaba un comino que un grupo de masones pretendieran libertar un territorio agreste, inútil –porque no había oro- y pletórico de granjeros y gente puritana, más papistas que el Papa. Así nacieron los Estados Unidos, en medio del desprecio militar y el ostracismo político de una metrópoli que hizo como que se defendía, mientras que los colonos y milicianos hacían como que guerreaban. Más desafortunado fue el paso de la Masonería Política en Latinoamérica, pues con sus raras excepciones, la experiencia de la América Hispana fue más bien tormentosa, desconfiada y hasta traumática. Solo Benito Juárez en México, Francisco de P. Miranda en Centroamérica, Simón Bolívar y José de San Martín en Sudamérica habrían de mostrar al mundo que la política y la masonería funcionan y pueden andar de la mano y ellos, incólumes y egregios prohombres de la Masonería, pueden volar sobre el pantano sin mancharse… o tal vez manchándose poco. Lo que no anticiparon estos nobles patricios fue el desgarriate que habrían de heredar a las generaciones posteriores de sus émulos, quienes pretenden colgarse de sus hombros para alcanzar las alturas del poder… pero así es Latinoamérica: se nimba, se corona y se recuerda al que levanta la mesa, no al que sirve las viandas…

En apariencia, la Masonería se rige por un sistema democrático muy particular, a lo masónico, diríamos. Y en teoría, la Democracia funciona, lo mismo que el cristianismo de Jesús, el socialismo de Marx o el maldito Supercolisionador de Hadrones en Suiza. En realidad, el gobierno masónico es, no una Democracia Representativa, sino más bien (en la mayoría de las logias) una Gerontocracia Aristocrática, en que vale más el tiempo que lleves dentro de la Orden que el esfuerzo que hagas en menor tiempo. No hay que olvidar que la Masonería tal y como la conocemos hoy en día, proviene de un sistema Monárquico como el inglés. Parlamentario, sí, pero Monárquico a fin de cuentas. Por tal causa, las decisiones son verticales y provienen de un solo hombre, no de un conjunto de ellos. Cuando la Masonería llegó a México y el resto de Latinoamérica, los Hermanos de entonces no se percataron del contexto en el cual se desenvolvía, pero lograron adaptarla al sistema Republicano que más ha permeado en la Región: el Presidencialismo a ultranza (y no el parlamentarismo tan ansiado por las nacientes democracias latinoamericanas), por lo que no es raro que surjan caudillismos y cacicazgos dentro del seno de los Talleres Masónicos que conforman la inmensa geografía nacional. No siempre esto es así en todos lados, pues existen logias que han logrado apechugar el problema y restringen sus decisiones a la mayoría del quórum, sean Aprendices, Compañeros o Maestros los que decidan. La dificultad reside en el momento en que se va a decidir el nuevo gobierno, pues por ley sólo pueden votar los Maestros Masones –eso sí, los masones somos profundamente respetuosos de nuestras leyes masónicas y profanas—. Afortunadamente el ingenio humano no tiene límites y esto se resuelve creando a diestra y siniestra Supermaestros Masones, como si se fundaran tiendas Oxxo en cada esquina.

Haría falta que los masones nos metiésemos, sí, a la política, pero no para volvernos poderosos, sino para ayudar a los más necesitados, a los olvidados, a los vulnerables. Haría falta que asumiéramos el rol que ha hecho famosa a la Orden Masónica: el de la lucha por las causas sociales, no importando o importando muy poco quién o quienes detentan el poder que finalmente es temporal, pero NUNCA como institución, sino como ciudadanos. Haría falta que fuésemos menos soberbios y aceptásemos que también hemos tenido Hermanos políticos y estadistas de dudosa moralidad, de poca sensibilidad, de nula humanidad. Haría falta que fuésemos menos cobistas y zalameros con los políticos en turno y más combativos y valientes para señalar sus errores, y también honestos y dignos para aplaudir sus aciertos. Haría falta que asumiésemos el riesgo de cambiar nosotros antes que pretender vanidosamente, cambiar al Mundo que nos rodea. Haría falta que también en lo interno de nuestra Masonería fortalezcamos a la Institución, viendo hacia el futuro, no hacia el pasado. Haría falta que tengamos la misma visión en común que cita el Querido Hermano Cuauhtémoc D. Molina García:

“Aquéllos “masones” que quieren ver a la Orden convertida en una suerte de partido político, o de organización no gubernamental, desempeñando un activismo social y profano, o bien desconocen lo que la masonería ES, o claramente tienen intereses y afanes protagónicos que mucho se alejan del verdadero espíritu, objeto y objetivo de la Augusta Orden Fraternal.

“Más vale que reflexionen y que decidan su pertenencia a la Institución, pues desconocen uno de los principios fundamentales de la enseñanza masónica que dice:

“La Masonería comienza su obra en los hermanos, y por consecuencia lenta, pero eficaz y profunda, la termina en la sociedad profana”. (http://logiaconcordia.blogspot.com/)

domingo, 20 de septiembre de 2009

El Camino de la Masonería: ¿Por qué permanecemos en ella?

Pertenecemos a la Orden Masónica, asociación que goza de una dudosa popularidad entre los Profanos y mejor prestigio entre los propios, siguiendo la conseja popular que afirma que quién va a hablar mejor de uno que uno mismo y por ese motivo, bastante válido en todos los aspectos de nuestra vida y de las ajenas, es prácticamente imposible encontrar algún no-masón, es decir, Profano, que diga dos o tres verdades acerca de la Masonería, toda vez que para empezar se encuentra imposibilitado de hacerlo, pues a veces ni siquiera los propios masones saben qué es la Masonería y, en segundo lugar, el proceso vivencial y contextual en que dicho profano se ha desarrollado dista mucho de colocar a la Masonería en un pedestal y más bien llena la cabeza a todo ser humano de simplezas, tonterías, nimiedades, absurdeces y desatinos que en más de una ocasión nos preguntamos de dónde diablos tendrá el ser humano cabida para tanta imaginación y se nos olvida que el cerebro puede ser tan lúcido como tramposo en sus efluvios neuronales. Y decía y digo, además, que muchas veces ni siquiera los mismos masones saben qué es la Masonería, vamos, no sabemos qué estamos haciendo aquí. Y para muestra habría que atrevernos a hacer una encuesta –herramienta tan en boga de hogaño- a cada uno de los Hermanos y soltarles a bocajarro “¿Por qué entraste a la Masonería?” Pregunta que tiene un mil aristas a su alrededor y que daría origen no a una respuesta simple, pura y directa, sino que originaría debates y mesas redondas de media hora y hasta de dos o ciento veinte minutos, que es lo mismo, contados alrededor del tradicional y consabido ágape en torno a una mesa donde ya no serían dos, sino hasta cinco, seis o siete los comensales que se irían por las ramas saltando de tema en tema hasta que se pierda en el olvido la pregunta original y se acabe hablando de temas tan variopintos y total, el momento filosófico habrá que dejarlo para después en tanto se critique, una vez más, al gobierno del país que de tanto hacerlo ya resulta una conversación anodina, como si dos médicos se pusieran a hablar del remedio de la gripe o dos sacerdotes de la comunión cristiana.
Peritos de todo y remendadores de nada, al fin y al cabo los masones nos permitimos soñar despiertos y evocar momentos gloriosos, menos crueles y más dignos del pasado que nunca conocimos en vivo y en directo, pero de los que nos sentimos orgullosos como si hubiéramos sido testigos presenciales de los mismos. Total que una vez más, nos quedamos en ascuas y con las ganas de saber porqué el Hermano Fulano de Tal entró a la Masonería; y ello tal vez hubiera sido mejor preguntárselo en el momento en que penetró en el umbral de los más recónditos misterios y enigmas que están velados al común de los mortales en nuestros Templos. Mejor hubiera sido agarrarlo descuidado y con espada en mano, que en ese momento hubiera sido más sincero de lo que podremos esperarlo ahora, Fraternidad y Amor Filial de por medio o no. Lo mejor sería preguntarle ahora “¿Por qué permaneces en la Masonería?”, pregunta que si bien no desarma al interpelado, por lo menos lo pone a meditar por unos buenos y eternos segundos en que buscará entre los laberintos de su mente una respuesta que nos deje satisfechos y que, a su vez, no propicie que vayamos de correveidile con el Venerable Maestro o que andemos pregonando a los cuatro vientos que el susodicho Hermano está en la Masonería porque no tiene otra cosa mejor que hacer. Astutamente ninguno de a quienes les preguntemos nos dirá con honestidad una respuesta de lo más profundo de su corazón, a lo mucho mirará hacia los lados esperando que llegue un tercero a sacarlo del atolladero en que lo hemos metido y suplicará con la mirada al Hermano más capaz en la oratoria o en la filosofía que venga a sacudirle el moscardón. Por supuesto que no faltaría la ocasión en que el Hermano al que le hacemos la pregunta haga un impasse inesperado y nos la revire: “No, primero dime tú por qué permaneces en la Masonería” y entonces seríamos nosotros los que escrutaríamos con la mirada a algún Hermano salvador que nos saque del pozo que nosotros mismos hemos cavado, porque aceptémoslo, tampoco tenemos una respuesta razonada y satisfactoria y a lo mucho nos contentaremos todos con decir al unísono que estamos en la Masonería porque nos gusta, que es más general y menos comprometedora, pero en gustos se rompen géneros y lamentablemente seguimos con la duda que nos agolpa las sienes y nos quita el sueño. Podemos lanzarla en medio de la Tenida y esperar a que uno a uno los Hermanos nos cuenten un anecdotario que va desde el consabido y esperado “Porque soy liberal” y punto, hasta que nos salgan con la melodramática historia que en un principio la logia lo rechazó hasta que de tanto insistir pudo entrar y ya tiene más de diez, veinte o treinta años en la Logia, orgullosamente, que también de orgullo se alimenta el ego de los masones.
Hemos de reconocer que ambas preguntas tienen sentido: porqué entramos no es lo mismo que preguntar porqué permanecemos. Es el equivalente a salir a dar un paseo para bajar la comida del mediodía y encantarnos tanto con el paisaje y la caminata en sí que a los veinte minutos se nos olvide por qué salimos a la calle. Es un ejemplo burdo y pueril, pero válido, porque todos los que estamos en la Logia, cualquier logia del universo mismo (que es decir, de la Tierra porque hasta la fecha no hay noticias de logias masónicas en las Pléyades o en Orión) entramos por un motivo determinado y con el caminar en la Masonería, el mismo ha variado una o más veces y al final nos quedamos porque no hemos podido satisfacer la necesidad que imperiosamente tuvimos en un inicio o que obtuvimos al andar por este Camino y esperamos en un momento determinado poder decir con orgullo, “he concluido mi Camino, hasta aquí llegué”, pero no faltan los Hermanos que nos salen con la cacareada frase de “Siempre seremos aprendices”, o su forma negativa “Nunca dejamos de ser aprendices” y una vez que pensamos ya poder respirar tranquilos y haber alcanzado el pináculo de nuestra Masonería Personal en conocimiento, filantropía, sabiduría, amistades, política o sentido social, que los motivos son variopintos y múltiples, nos salen con que somos idóneos para entrar a los altos grados o que sigamos el ejemplo de Perenganito que estuvo cincuenta años en la Logia, y en fin, que los Hermanos atinan en apretar en nosotros el botón correcto, el del orgullo, y decidimos quedarnos otra temporada, hasta que volvamos a lanzar la amenaza de ahora sí, dejar la logia y recorrer otros caminos, o de plano morir en pleno uso de nuestras facultades masónicas. Y no está de más que nos recuerden que estamos en una institución cuya historia “se pierde en la noche de los tiempos”, frase absurda e inútil, porque a decir de José Saramago: los tiempos dejaron de ser noche de sí mismos cuando la gente comenzó a escribir y al comenzar a escribir, se empezaron a registrar los hechos del mundo, se hizo la luz y se dejó la oscuridad. Pero los masones nos brincamos entusiastamente ésta reflexión y preferimos quedarnos con los dichos prefabricados.
Razones para haber entrado a la Masonería las hay de sobra, quizás no nos aceptaron en ninguna otra institución y ésta fue la única que satisfizo nuestro sentido genéticamente gregario, o desde niños andábamos de rebeldes sin causa y encontramos la causa al leer una enciclopedia o en algún cotilleo familiar se lanzó al aire el argumento de que los masones somos los chicos desobedientes por antonomasia en toda la historia, o en los últimos doscientos noventa y dos años, que es lo mismo (y más realista) y ni tardos ni perezosos nos avocamos a meter nuestra solicitud de iniciación. Pero las motivaciones varían y deben estar reforzadas con, nos guste o no, pensamientos mágicos o ideas místicas en el sentido de que vamos a dominar al mundo y, no lo neguemos, no falta quien entra convencido de que le va a tocar un trozo del planeta, aunque sea en medio del atolón de Muroroa. O bien, que en nuestras logias se encierran oscuros y misteriosos misterios, con perdón del pleonasmo, que de develarse pondrían al mundo de cabeza, haciendo cimbrar los hilos del poder y caerían instituciones milenarias, como si pudiera ser verdad lo que andan diciendo Dan Brown, Tom Egeland o Raymund Khoury, que de teorías conspiranoicas andamos ya más que satisfechos, pletóricos de ellas; y cuando declaramos no saber dónde está la Atlántida, o el Santo Grial ni quién asesinó a Kennedy, entonces llega la lógica-ilógica tóxica y desviada de las mentes que afirman que los masones de la calle no sabemos estas cosas y sólo los grandes jerarcas, que ni existen, saben los más recónditos secretos y ninguno de ellos se conoce, que son doce y que están en algún sitio perdido del planeta, llámese Shangri-Lah o Jardín Masónico de las Delicias. O bien, que en las logias se obtienen poderes maravillosos que solo los Verdaderos Iniciados han desarrollado, lo que no deja de deprimir, pues entonces, por conclusión, ninguno de nosotros es un Verdadero Iniciado y solo pasamos por la ceremonia de noche, o de plano somos indignos de mirar al Espejo Mágico sin convertirnos en piedra. O bien, que somos herederos de los Templarios y que nuestra misión es vengar a Jacques De Molay y acabar con la Iglesia Católica, como si pudiese hacerse, que los mismos sacerdotes, diáconos, cardenales, obispos, arzobispos y papas llevan dos mil años tratando de destruirla, sin poder lograrlo; además de que existen otras dos mil asociaciones antiguas y modernas que dicen ser herederas del Temple, de Hugues de Payn, de Jacques De Molay, se ponen sus capas blancas con la cruz paté y andan gritando “Hiersolyma est perdita”, mostrando documentos de dudosa antigüedad que lo mismo pudieron hacerse en la Francia del siglo XI o en la Plaza de Santo Domingo en Ciudad de México hace tres días, tratando con los mismos de reivindicar los derechos que Clemente V les arrebató en 1314. O bien, que sabemos que el mundo se va a acabar en diciembre del 2012 y que estamos preparándonos para salir todos en una nave extraterrestre antes de que tomen posesión Peña Nieto y Angélica Rivera de la anunciada Presidencia de México.
Todas estas paparruchadas provienen de la mente inflamada de personas con un pensamiento mágico, inevitable si se quiere, porque finalmente hemos de aceptar que la fe en efecto puede mover montañas, ya sea que Mahoma vaya o no a la misma o que creamos que aun existen milagros. Los seres humanos precisan de este sentido de creencia, pues a veces es lo único que los mantiene vivos o en un menor estado vegetativo, aunque los masones estamos creados con un molde diferente, si bien no quiere decir que sea el correcto, aunque para nosotros así sea. La Masonería no precisa de este pensamiento, ni de gente que sea iniciada creyendo que se va a hacer con el Poder supremo y que va a conocer el Nombre de Dios, el verdadero, el único, la Palabra que se perdió y que puede destruir al universo entero: y es que un nombre no es nada y la prueba la encontramos en que Alá que, a pesar de los 99 nombres que dice el Corán que tiene, no ha conseguido ser mas que Dios. La Masonería requiere más bien, Hermanos que puedan ser capaces de por lo menos, responder a la pregunta “¿Por qué permaneces tú en la Masonería?”.