viernes, 17 de junio de 2011

La Masonería en tiempos del clembuterol

Alguna vez mencioné que los masones solemos ser "peritos de todo y remendadores de nada". Idea que aún sostengo; en especial cada vez que me encuentro a un Queridísimo -o poco estimado, que también los hay, pese a quien le pese-- Hermano Masón y de forma amena y despreocupada me pongo a charlar con él. Curiosamente, siempre el susodicho Hermano sabe de todo. Y cuando digo de todo, me refiero, en efecto, a TODO. Desde los más enrevesados y nebulosos temas esotéricos hasta la receta para hacer un pastel de fresas... desde la política exterior de Rwanda hasta la Teoria de Cuerdas... y siempre acaban estos Hermanos por dejarme la boca cuadrada, solucionando de ésta forma el antediluviano problema de la Cuadratura del Círculo.

Y es que, por regla general, el Masón es estudioso, o bien, presume serlo. Lo que ni en uno ni en otro caso signifique que tenga un Doctorado summa cum laude en todas las artes y las ciencias habidas y por haber. Pero todo parece indicar que así es. Esto tampoco es algo exclusivo de la Francmasonería, pues hasta en las familias más granadas e insignes nunca faltan tres especímenes: el tío borracho, la prima de cascos ligeros y el sabelotodo, que suele epatar (léase "apantallar") con su locuaz y meliflua voz a una concurrencia que festeja sus agudezas, aunque las haya pirateado de wikipedia...

Todo esto viene al caso porque, sabido es, que en fechas recientes la agenda nacional mexicana háse detenido en un tema de gran importancia: el descubrimiento de una extravagante y caliginosa sustancia llamada clembuterol en cinco jugadores de fútbol, seleccionados nacionales que se encontraban compitiendo en ese pináculo del soccer internacional llamado "Copa de Oro". Inmediatamente, el término (a todas luces oriundo de la farmacéutica) pasó a formar parte del vocabulario básico de México y tema de corrillos en cafés, bares y reuniones familiares... y por supuesto, las sesiones de Pasos Perdidos de toda logia masónica en tierras aztecas.

De forma natural, el clembuterol fue apropiado por masones de toda índole: desde ilustres Hermanos químico-fármaco-biólogos hasta taxistas; desde contadores públicos hasta arquitectos; desde profesores de educación primaria hasta comerciantes de tapetes... es posible que a estas alturas no haya un masón en territorio nacional que no haya pronunciado, siquiera por casualidad, la palabra "clembuterol". Y, ¿porqué no? es mejor que hablar de balaceras en cualquier lado, las madrizas de los hermanos de Jenny Rivera o la captura-liberación-captura-liberación de Jorge Hank Rhon... felizmente, el tema del clembuterol, como cita Jairo Calixto Albarrán, viene siendo parte de nuestro propio folklore y de la mexicana alegría.

En lo particular, no tengo intención de hacer una apología del clembuterol. No soy químico, ni farmacéutico y no tengo la menor idea de qué hace la multialudida susutancia ni en los animales ni en los humanos. Francamente, me tiene sin cuidado si los jugadores de la Selección Nacional lo consumen en cantidades industriales o si solo fue un accidente cachirulesco. Y es probable que no sea el único francmasón que piense así. Me imagino que más de un Hermano prefiere saber de cosas más interesantes que están ocurriendo en el mundo que sobre este tema. Y también creo que la formación de los masones debe tratar temas de mayor envergadura y de importancia mayoritariamente dirigida al Yo Interior de cada uno de nosotros... ya después de eso, podríamos dedicarnos a arreglar el mundo bajo los efectos de una sabrosa taza de café, menos nociva e indetectable que el celebérrimo clembuterol.

He dicho.

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